“El hombre convierte lo femenino en un receptáculo de estados de ánimo contradictorios y lo coloca en un más allá en el que nos muestra una figura, si bien variable en sus formas, monótona en su significado” apunta Rosario Castellanos en esta obra ensayística que, con el pretexto de una revisión de género, ejemplifica y trasciende la acción y el lugar que ocupa la mujer en la sociedad mexicana; en la conciencia del “otro” y en la propia.
La mujer en el siglo XX transformó su actitud en la dinámica social; de sumisas y abnegadas servidoras del hogar (para el que “existen”) a la labor docente y el desempeño político. Ello no fue fácil: la mujer realizada y exitosa en el ámbito profesional provoca el rechazo masculino, eso la convierte en solterona o sufragista marginada. El juicio civil al que se somete replantea la fortaleza de su condición y le exige ser ama de casa, profesionista y compañera eficaz. La crítica a la que se enfrenta trasciende a la del sexo masculino.
La belleza femenina, es abordada en esta obra como un ideal de invención masculina al que las mujeres se han visto sometidas a lo largo de la historia. Pasando por los artífices de un despiadado dictador de la moda, que introdujo los pies femeninos en instrumentos de tortura modernos llamados “zapatillas”, hasta el tortuoso sacrificio físico de las dietas, para mostrarse a los ojos del varón que aplaude la “cintura de avispa”. A resumidas cuentas, como antítesis de Pigmalión el hombre no aspira, a través de la belleza, a convertir una estatua en un ser vivo, sino un ser vivo en una estatua.
Además de las imposiciones que en sentido ético y estético, se han desplegado sobre las mujeres a lo largo de la historia, se aborda un tema fundamental: la anulación intelectual.
Es en este sentido donde Castellanos, reflexiona: La pureza-virtud imputada históricamente a las mujeres- es sinónimo de ignorancia; deducimos entonces que la mujer, en la medida que ha dejado de ser ignorante ha ido perdiendo la “pureza”.
Constitucionalmente todos los ciudadanos mexicanos pueden educarse en los niveles elementales incluidas las mujeres, quienes desde 1946 se consideran ciudadanas. Sin embargo, en la realidad las cosas son diferentes: En una familia lo que determina la oportunidad de la educación de sus hijos es el factor económico, si los medios son abundantes no se discrimina en función del sexo pero cuando es preciso elegir quién ha de aprender las primeras letras y las cuatro operaciones aritméticas, porque les van a ser indispensables para abrirse paso a la vida, se elige a los varones. A las mujeres se les adiestra en las labores del hogar y se les prepara, como se ha hecho secularmente, para el matrimonio.
En Mujer que sabe latín... se pone de manifiesto un problema latente en las mujeres con respecto a su potencialidad intelectiva y sus potencialidades afectivas: la mujer renuncia a su vida amorosa para dedicarse a su vida profesional.
Estas condiciones propician que las mujeres no se arriesguen a cultivar un talento, a llevar hasta sus últimas consecuencias la pasión de aprender, por miedo a quedarse solas, al juicio aplastante de la sociedad a la exclusión, a la frustración sexual y social que representa la soltería.
Porque no se elige ser soltera como una forma de vida sino que la expresión ya lo dice, se queda una soltera, esto es, se acepta pasivamente un destino que los demás nos imponen. Quedarse soltera significa que ningún hombre consideró a la susodicha digna de llevar su nombre ni de remendar sus calcetines.
Afortunadamente ya no nos encontramos en los tiempos en que los maestros de medicina legal de la Facultad de Derecho se negaban a dictar su cátedra en presencia de mujeres por temor a lastimar sus castos oídos, mencionando los genitales o con la descripción de delitos que consideraban demasiado violentos para ser escuchados por ellas; o cuando Zoraida Pineda, la primera y única mujer que asistía a los cursos de Filosofía en la UNAM era vista “cond escendientemente por los profesores y con burla por sus compañeros ante quiénes ella exhibía siempre un atuendo irreprochable: sombrero y guantes para no permitirles que olvidaran su calidad de mujer decente, a pesar de todo”.
Casi cuatro décadas después de la publicación de este ensayo: ¿Los cambios han sido sustanciales?, ¿Ha evolucionado la concepción de la mujer en la sociedad?, ¿La figura femenina es digna de desarrollarse intelectualmente?, ¿Qué es lo que fundamentalmente impulsa a una mujer en México para salirse del molde tradicional y buscar en la educación una vía para afirmarse como ser humano?, ¿Hasta qué punto una mujer acepta su independencia como conquista o la soporta como culpa?, 7 de cada 10 mujeres sufren o han sufrido violencia según reportes de este 2010.
La esencia de este ensayo, se puede dilucidar a partir del sugerente título, cuyo origen proviene de un refrán popular, que con sorna y sarcasmo denota la condición femenina discriminatoria: “Mujer que sabe latín... Ni tiene marido, ni tiene buen fin”.
La coautora de este texto es Carolina Garay Montero, amiga incondicional.